“Me gustaría que el próximo en ser juzgado fuera George W. Bush”

1459247192_207702_1459248183_noticia_normal_recorte1La Contra nicaragüense, el general Pinochet, el sátrapa haitiano Jean-Claude Duvalier, el ugandés Idi Amin, el etíope Mengistu o las matanzas de Tíbet. El abogado Reed Brody (Nueva York, 1953) ha dedicado su vida a la defensa de las víctimas de violaciones de Derechos Humanos y a intentar llevar ante la Justicia a toda suerte de tiranos. Apodado el cazador de dictadores, ha sido pieza clave en el enjuiciamiento en Dakar del ex presidente de Chad, Hissène Habré,cuya sentencia se conocerá el próximo 30 de mayo. Por primera vez en la historia, un dictador africano acusado de torturas, crímenes de guerra y contra la Humanidad ha sido juzgado en aplicación de la justicia universal gracias a la tenacidad y persistencia de sus víctimas. Desde 1999, Brody, consejero jurídico y portavoz de Human Rights Watch, trabajó junto a ellas para que este juicio fuera posible. Ahora se plantea escribir un libro de todo ello.

“Ningún tirano acepta con complacencia ser juzgado, Habré ha intentado sabotear el proceso, pero nosotros nunca tuvimos miedo de la verdad”. En su opinión, “los crímenes del régimen están muy documentados y así ha quedado claro en el juicio, tenemos miles de asesinatos y decenas de miles de encarcelamientos sin garantías”. El primer día del proceso, el dictador, que se enfrenta a una posible condena a perpetuidad, trató de presentarlo como una actuación “neocolonialista”, argumento repetido por quienes le defienden. Sin embargo, a juicio del abogado neoyorquino esto es “muy fácil de desmontar. Quienes lo han denunciado son chadianos, ellos fueron los arquitectos de este juicio, no el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ni la Corte Penal Internacional. Ha habido un aplauso unánime a este juicio en el plano internacional”.

Tuvo que pasar un cuarto de siglo para que llegara este momento, pero Brody recibió lecciones de superación desde la infancia. Su padre, un judío húngaro, pasó tres años en campos de trabajo alemanes. “Él fue siempre muy discreto, solo me lo contó al final de su vida y por mi insistencia, pero me impactó mucho. Fue de los pocos supervivientes de su campo y luego emigró a EE. UU. sin un duro, trabajaba como obrero de día y estudiaba por la noche. A los 57 años se doctoró en Lenguas y se convirtió en profesor universitario”.

En el Brooklyn de los años sesenta, donde casi todos eran negros o latinos, Brody era de los pocos niños de clase media. Y soñaba con ser abogado y con viajar. “Quería cambiar el mundo”. Tras graduarse con 23 años, se fue cinco meses a recorrer Sudamérica con el libro Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, en la mochila. “Por primera vez en mi vida me enfrenté a muchas realidades que no conocía: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Chile. Recuerdo especialmente Potosí, donde visité las minas. Hacía un calor insoportable, la esperanza de vida allí era de 39 años. Empecé a ver la relación entre la prosperidad de mi país y la pobreza de los demás. Y también me tropecé con las dictaduras. En Argentina me quitaron el libro de Galeano en un control, pasé dos horas desnudo en el baño de la estación de trenes de Rosario. Luego conocí la Chile de Pinochet, donde aprendí español”.

Su primer empleo fue en la Fiscalía de Nueva York defendiendo a los consumidores, pero otras causas le reclamaban. A los 31 años escribió un extenso informe en el que acreditaba las atrocidades cometidas por la Contra(movimiento armado opuesto al Gobierno sandinista) en Nicaragua, que provocó que el Congreso de los EEUU cortara la financiación a este grupo y que el mismísimo presidente de EEUU, Ronald Reagan, calificara a Brody de “simpatizante sandinista”. “Fue una experiencia de empoderamiento, de darme cuenta de que se podía cambiar un poquito el rumbo de las cosas”, recuerda. Tras trabajar en la Comisión Internacional de Juristas defendiendo a abogados y jueces perseguidos por todo el mundo, su cruzada por los Derechos Humanos le llevó a El Salvador, Guatemala, Tíbet, Haití, Timor del Este o la República Democrática del Congo.

Sin embargo, la detención de Augusto Pinochet en 1998 a instancias del juez español Baltasar Garzón lo cambió todo, de hecho el caso Habré es heredero directo del caso Pinochet. “Cuando a finales de los noventa los lores británicos dijeron que un dictador podía ser juzgado en cualquier lugar del mundo por violaciones de los Derechos Humanos hubo una especie de efervescencia en el mundo de la justicia internacional para llevar ante los tribunales a quienes parecía que estaban lejos del alcance de la Ley. Podíamos soñar”. Para ese entonces, el abogado neoyorquino trabajaba ya para Human Rights Watch y las organizaciones internacionales de Derechos Humanos empezaron a buscar otros Pinochet.

El problema es que no todos los dictadores ni gobernantes del mundo que han cometido crímenes de guerra se sentarán en el banquillo. “Personalmente me gustaría que el próximo Habré fuera George W. Bush, que se le juzgara por las torturas, las prisiones secretas, Guantánamo. Aunque aún estamos muy lejos de que existan las condiciones políticas para ello, lo cierto es que no se ha dicho la última palabra, de hecho Bush ha dejado de viajar”.

Brody insiste en que deben crearse las condiciones políticas. “En el momento en que Pinochet fue detenido en Londres coincidían factores políticos. En Reino Unido acababa de ser elegido el laborista Tony Blair, que estaba empezando su viaje hacia el centro pero podía ofrecer a Pinochet a sus bases; y en la sociedad española había un enorme apoyo a este proceso por toda la conciencia que existe sobre las dictaduras latinoamericanas. Cada vez que el Gobierno de Aznar intentaba interferir en la demanda presentada por el juez Garzón, las asociaciones de Derechos Humanos y los medios de comunicación montaban un gran revuelo”, resume.

Tras la detención de Pinochet fuimos contactados por Delphine Djiraibe, de la Asociación de Derechos Humanos de Chad e iniciamos la investigación sobre Habré. Pero no fue el único caso. Recuerdo que el ex dictador etíope Mengistu, que vivía en Zimbabue, viajó a Sudáfrica por un tema de salud y aprovechamos para poner una demanda en este país, pero no prosperó. Igual ocurrió con Izzat Al Duri, el brazo derecho de Sadam Hussein, quien viajó a Viena por cuestiones de salud en 1999 pero el Gobierno de Austria le permitió salir del país. Hubo varios intentos. Lo que a mí me interesó de Habré es que se había refugiado en Senegal. Con el caso Pinochet se criticó que siempre son los países europeos los que juzgan a los dictadores del Tercer Mundo. Pues en este caso nos hemos salido de este paradigma. Senegal era un país a la vanguardia de la defensa de los Derechos Humanos, uno de los primeros en ratificar el tratado contra la tortura, etc, si Senegal juzgaba a Habré la justicia universal sería realmente justicia universal”.

Otro ejemplo de que algo podría fallar en la justicia internacional es que hasta ahora la Corte Penal Internacional, en cuya creación participó el propio Brody, sólo ha abierto procesos contra africanos, lo que ha generado un enorme recelo en el continente hasta el punto de que algunos jefes de Estado han amagado con abandonar el Estatuto de Roma. “Pero eso no es un problema de la CPI”, argumenta Brody, “sino del Consejo de Seguridad de la ONU que le facilita los casos de Sudán y Libia, pero no los de Chechenia, Tíbet o Guantánamo. El problema es que Rusia, EEUU y China, que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad pero no firmantes del Tratado de Roma, pueden vetar cualquier intento de juzgar a sus presidentes o a los de aquellos países a los que ellos protegen. Es evidente que las cosas tienen que cambiar”.

Para Reed Brody es clave que los estados garanticen la aplicación de la justicia universal, por eso fue una enorme decepción que España reformara la Ley para introducir limitaciones en este principio el pasado 2014. “Lo fue para todo el mundo. España era el templo de los Derechos Humanos, el último recurso al que podían acudir los guatemaltecos, los presos de Guantánamo, los tibetanos. Hay tanta miseria en el mundo que cuando hay un país que ofrece posibilidades de justicia, todos quieren ir ahí y al final el barco se hunde. La solución sería que todos los países ofrezcan un mejor nivel de protección de los Derechos Humanos”.

 

Artículo publicado en Planeta Futuro (El País)

Nuevos casos de ébola confirman la resistencia del virus a desaparecer

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Un trabajador sanitario junto a unos pacientes en cuarentena el pasado agosto en Conakry, Guinea / CELLOU BINANI / AFP

La peor epidemia de Ébola de la historia que golpea a África occidental desde diciembre de 2013 y que ha provocado más de 11.300 fallecidos sobre un total de 28.000 casos, se resiste a desaparecer. La han dado por muerta hasta en dos ocasiones y, cada vez, la irrupción de nuevos rebrotes ha frustrado el ansiado final. Este domingo en Monrovia, la capital de Liberia, un niño de cinco años se convertía en el duodécimo caso que se conoce en esta región, de los que nueve han fallecido, desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara oficialmente el fin de la epidemia el 14 de enero pasado. Este organismo ya había advertido del enorme riesgo de que el virus reapareciera dada su enorme capacidad para resistir en los fluidos corporales de pacientes ya sanados, de hasta nueve meses en el semen. 

El pasado 14 de enero, apenas unas horas después de que la OMS hiciera público el primer anuncio de fin de la epidemia en África occidental, el Gobierno de Sierra Leona anunciaba un nuevo caso. Se trataba de la joven de 22 años Marie Jalloh, que había muerto dos días antes en Tonkolili, Provincia del Norte. Su tía de 38 años, Memunatu Kolokoh, quien se encargó de cuidar a la joven y participó en el lavado del cadáver, también se había contagiado pero logró sobrevivir. Las autoridades pusieron a 109 personas en vigilancia, pero ninguna desarrolló los síntomas y el pasado 17 de marzo, transcurridos los 42 días preceptivos después de que diera negativo el último caso en Sierra Leona, la OMS volvía a declarar a toda la región ebola free.

Sin embargo, la historia se repitió porque ese mismo día el Gobierno de Guinea anunciaba dos nuevos casos confirmados, una pareja que había muerto aquejada de fiebre alta, vómitos y diarreas en Koropara, cerca de Nzérékoré, a pocos kilómetros de la frontera con Liberia. Las pruebas confirmaron lo peor: era Ébola. Otras tres personas de la misma familia habían fallecido de fiebres hemorrágicas con anterioridad, casos más que probables, y otras tres se contagiaron posteriormente, de las que dos fallecieron también. Más de mil personas han sido identificadas como contactos y se encuentran bajo vigilancia. Horas después, Liberia anunciaba el cierre de su frontera terrestre con Guinea, una medida que fue luego suspendida.

El temor liberiano a una posible importación se confirmó el pasado jueves, cuando una mujer de 30 años que presumiblemente había viajado desde Guinea con sus tres hijos fallecía a causa del temible virus cuando estaba siendo trasladada a un hospital de Monrovia, en Liberia. Este domingo, las autoridades han anunciado un segundo caso en este país después del contagio de su hijo de cinco años y su ingreso en un centro de tratamiento de la capital. Todas las personas que estuvieron en contacto con la mujer están siendo identificadas, así como el personal del hospital donde se certificó su defunción.

Fluidos corporales

“Ahora sabemos qué tenemos que hacer, podemos contenerlo, podemos controlarlo. Que nadie entre en pánico”, aseguró este viernes a la agencia France Press el viceministro de Sanidad liberiano, Tolbert Nyensuah. Las autoridades han hecho un llamamiento a la calma en el país que más víctimas mortales se ha cobrado esta epidemia, un total de 4.809. Precisamente el pasado 29 de marzo, la OMS retiraba la declaración de urgencia de salud pública internacional para este brote, que había sido activada en agosto de 2014. La directora general de este organismo, Margaret Chan, declaró que “a partir de ahora existe un riesgo bajo de una extensión internacional de la enfermedad, actualmente los países tienen la capacidad de responder rápidamente a las reapariciones del virus”.

Los expertos coinciden en que estos rebrotes tienen que ver con su gran capacidad para resistir en los fluidos corporales de pacientes sanados que ya no muestran los síntomas, especialmente en el semen, donde se ha probado que puede sobrevivir hasta nueve meses. La existencia de más de 17.000 supervivientes en Guinea, Liberia y Sierra Leona eleva la probabilidad de estas reapariciones. En Guinea, la OMS está coordinando una intensa campaña de vacunación que ha alcanzado a unas 800 personas relacionadas con el último brote.

Por ello, la propia Margaret Chan advertía esta semana que el virus subsiste aún “en el ecosistema” de África occidental y que una respuesta rápida ante nuevos casos es crucial. Conscientes del peligro, los tres países afectados se encuentran bajo estricta vigilancia durante un periodo de 90 días incluso después de ser declarados ebola free, después de lo cual entrarían en la llamada fase tres, cuyo objetivo es “interrumpir todas las cadenas de transmisión restantes e identificar y atender las consecuencias de los riesgos residuales de Ébola”.

 

Artículo publicado en El País

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La guerra que intentan ocultar

Hace sólo dos semanas publiqué un post en este mismo blog llamado “Una guerra sin focos (por ahora)”, en la que denunciaba el bloqueo informativo sobre el conflicto de Malí. Ahora que la guerra está un momento clave, ahora que Gao y Tombuctú están siendo  “liberadas” y que se persigue a los yihadistas “puerta a puerta”, hay que decir que aquellos primeros temores se han confirmado por completo. Francia oculta esta guerra y la represión que trae consigo y Malí se limita a seguir, encantada de la vida, las consignas que emanan de la Quai d’Orsay.

Este conflicto ha supuesto la puesta en marcha de toda una estrategia de propaganda que se sustenta en dos pilares. En primer lugar, el bloqueo de los periodistas mediante un intrincado sistema de controles militares que impide llegar allí donde se está produciendo la noticia. Los cientos de periodistas que están en Malí no han venido aquí de turismo ni a permanecer sentados en bares y restaurantes reactivando el sector hostelero maliense. Han venido a hacer su trabajo. Y Francia lo impide.

“No podemos decir todo, no podemos mostrar todo. Esto será una visita guiada”. Estas sintomáticas palabras las pronunció el capitán Keita, encargado de comunicación del Ejército maliense en Sevaré, el pasado sábado cuando, tras ejercer mucha presión, se autorizó el paso hasta Konna a un convoy de unos 20 vehículos llenos de periodistas. Escoltados por los militares, plumillas, cámaras y fotógrafos llegamos a este pueblo dos semanas después de que se hubiera librado allí una intensa batalla. Tiempo suficiente, claro está, para llevar a cabo la necesaria “limpieza” y adoctrinamiento de la población. “Hay cosas que no se pueden mostrar”.

El segundo pilar de la estrategia consiste en abrir esa espita sólo a los medios “amables”. Es decir, a las cadenas de televisión y medios públicos ya sujetos a un estricto control por parte del Estado. Salvo algún hábil y experimentado periodista local que ha logrado colarse por sus propios medios y contactos, en Gao están France24, Radio France International y la maliense ORTM para contar lo que el Elíseo decida que se cuente, trasladados hasta allí en un cómodo avión de guerra francés.

Hace poco más de una semana salió publicada al mismo tiempo en L’Express y en El País una noticia con las primeras evidencias de que se estaban llevando a cabo ejecuciones sumarias y todo tipo de abusos contra población civil acusada de colaborar con los yihadistas o simplemente señalados por proceder del norte y ser, por tanto, “sospechosos”. La publicación de esta noticia generó en los días posteriores una gran ola de reacciones pues todos los medios se aprestaron a seguir la pista. Un curtido fotógrafo de Associated Press logró sacar una fotografía de cadáveres amontonados en el fondo de un pozo.

Pero, sobre todo, lo que provocó esta información fue un enrarecimiento de las relaciones entre los ejércitos de Malí y Francia y la prensa. Esta noticia, totalmente contrastada con imágenes y testimonios, ponía en entredicho el carácter “benéfico” de la intervención francomaliense y podía afectar a la imagen redentora de las tropas galas, que no han hecho ningún esfuerzo por saber lo que está pasando realmente. Esto es, sin duda, parte de “lo que no se puede decir ni mostrar”.

A los periodistas que llevamos una semana en Sevaré nos han intentado expulsar varias veces a Bamako tras la publicación de esta noticia. Los militares malienses han llegado a venir a exigirnos que nos vayamos, ordenando al dueño del hotel que preparara todas las facturas y nos pusiera en la calle. Sólo las quejas al más alto nivel impidieron este acto que hubiera vulnerado las mínimas normas, acuerdos y convenios relativos al trabajo de periodista. Pero las presiones están ahí.

Les dejo de nuevo con el capitán Keita: “Esta visita a Konna es una prueba, si hacen su trabajo con profesionalidad luego les podremos llevar a Douentza y a Gao”. Los militares convertidos en jefes de redacción y los periodistas en una especie de ganado al que conducir con la vieja técnica del palo y la zanahoria. Pero las evidencias de que se está produciendo una persecución que sobrepasa los motivos bélicos y que tiene que ver con el origen étnico de los sospechosos están ahí. Para quien quiera verlas.

Las heridas visibles e invisibles

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A Fatoumata Kampo la guerra se le llevó tres hijos. Ni les dispararon ni les cayó una bomba encima, se ahogaron en el río. Tenían entre ocho y doce años. Fatoumata, Ousmane y Khadiya, se llamaban. Cuando empezaron a caer proyectiles sobre konna desde todos lados y el ruido de las explosiones no dejaba ni pensar, cogió a sus cinco hijos y se subió a una pequeña piragua para cruzar al otro lado, para ponerse a salvo. Pero eran demasiados y la pinaza volcó. Fatoumata logró salvar al bebé que llevaba consigo. Los otros tres no sabían nadar y murieron en medio de aquel revuelo gigante de brazos y piernas que se agitaban por mantenerse a flote.

konna1Konna es uno de esos pueblos de Malí donde la mayor parte de las casas están hechas de barro. En una de ellas, cerca de una mezquita y una pequeña escuela de bancos de madera, hay un cadáver calcinado. Allí yace, con las sandalias al lado como si se las hubiera quitado de manera meticulosa y las hubiera dejado listas para salir corriendo. Según cuentan, se trata de un yihadista, uno de esos barbudos que hace dos semanas entró en el pueblo y que resultó herido en la batalla. Buscando refugio, llegó hasta allí y allí murió de sus heridas. Días después, cuando ya empezaba a aparecer la gusanera, un vecino decidió pegarle fuego.

konna3Este es hoy el paisaje de Konna. Tumbas anónimas a las afueras, fosas comunes donde fueron enterrados, a toda prisa, decenas de soldados, casas quemadas, asaeteadas por los disparos, la prefectura en ruinas y donde antes estaban las usinas del puerto fluvial ahora solo queda un enorme cráter causado por el impacto de una bomba. Y unos cuantos 4×4 dotados de metralletas calcinados en los badenes. Este es el pueblo donde los yihadistas que controlan el norte sufrieron su primera derrota, el lugar donde fueron frenados en seco, el estreno en esta guerra de la Aviación francesa.

La vida empieza a coger su rumbo de nuevo. En el mercado, donde vuelve a circular la mercancía, el veterinario Ibrahima Ba recuerda cómo empezó todo el jueves 10 de enero. “Llegaron gritando Alá es grande en sus pick ups y le dijeron a la población que se quedara tranquila, que todo el mundo permaneciera en casa, que no tenían nada que temer. Algunos eran malienses, pero muchos no, sólo hablaban árabe”. El maestro Yaya Traoré asegura que los soldados intentaron hacerle frente, pero pronto se dieron cuenta de su inferioridad. “Muchos se quitaron el uniforme y se refugiaron entre la población, yo mismo tuve a dos acogidos en mi casa”, explica.

konna4Al día siguiente por la mañana, el viernes 11, empezaron los bombardeos de los helicópteros franceses. Los barbudos habían ocupado la Prefectura y algunas construcciones del pequeño puerto fluvial, que hoy están destruidas. “Fue terrible, todo muy violento, pero acabó pronto. Murieron decenas de soldados y de yihadistas, además de nueve civiles, pero en menos de 24 horas se consiguió expulsarlos”, asegura Traoré. Los soldados malienses y las fuerzas especiales francesas acabaron “el trabajo” sobre el terreno.

Quince días después y pese a la “limpieza” a la que han sometido al pueblo, los rastros de la batalla siguen estando ahí, en las calles y en el corazón de Konna.

La cacería étnica ha comenzado

cadaverFoto: Dorothée Thienot

Lo que hasta hace unos días eran voces de alarma hoy se han convertido en evidencias visibles. Lo que era miedo hoy es una realidad. La cacería étnica ha comenzado. Se lleva a cabo de forma oculta, por la noche, en lugares apartados. El Ejército francés dice que “no hay ninguna evidencia” y un alto mando maliense que “no ha escuchado nada”. Pero los habitantes de Sevaré, en el centro de Malí, no son ciegos ni sordos. Y últimamente tampoco mudos. Empiezan a hablar de cosas que ocurren, de tiros en la cabeza, de pozos llenos de gente, de cadáveres en descampados.

El objetivo de esta represalia son las personas de origen árabe, tuareg o incluso peules, habitantes del norte o extranjeros “de piel clara”. Se les acusa de colaboracionismo con los rebeldes tuaregs del MNLA o con los grupos islamistas radicales, se dice que son espías o combatientes infiltrados. Y no hay juicio ni defensa posible. El alcalde de Mopti lo decía claramente hace unos días, “se acabó la tolerancia, todo sospechoso debe ser denunciado”. La espiral de miedo y odios cruzados que genera la guerra y que parte de dos premisas falsas.

Premisa uno. “Todos los tuaregs son rebeldes”. Esta afirmación es, sencillamente, falsa. Conozco a muchos tuaregs que no simpatizan en absoluto con el MLNA, que rechazan sus técnicas, su manera de proceder y sus objetivos. Que les odian incluso. Pero da igual. Basta que vistas la ropa tradicional tuareg o que hables tamashek para convertirte en sospechoso. Sobre toda una etnia recae la acusación de haber desestabilizado a todo el país cuando el 17 de enero de 2012 fueron solo unos pocos miles los que se alzaron en armas contra su Gobierno.

Premisa dos. “Todo árabe de piel clara es un terrorista”. Tan falsa como la anterior. Los ciudadanos del norte peules o de origen árabe están señalados pese a que muchos de ellos, la inmensa mayoría, han sufrido con la llegada de los yihadistas todo tipo de abusos y arbitrariedades. Reprimidos por unos, reprimidos por otros. ¿Se puede imaginar peor destino? Muchos están ahora abandonando las ciudades del norte porque creen que lo que está por venir será aún peor que lo que ha venido hasta ahora.

Los norteños se afeitan la barba, guardan sus ropas tradicionales e intentan salir lo menos posible a la calle. En Mopti y Sevaré, a partir de las nueve hay toque de queda y la noche ampara todo tipo de abusos. Amnistía Internacional, la Federación Internacional de Derechos Humanos y Human Rights Watch ya hablan sin tapujos de testimonios y pruebas de que esto está ocurriendo. Y señalan directamente al Ejército de Malí. A mi modo de ver, la mejor prueba es la foto que acompaña este artículo y que fue tomada por una compañera periodista en mi presencia. Me hablaron mucho, pero antes de publicar nada preferí verlo con mis propios ojos. Y allí estaba. Un cadáver semienterrado del que sólo asomaban sus nalgas y su brazo izquierdo. Lo conté en este artículo publicado este lunes en El País.

La actitud que Francia está mostrando hacia esta suerte de cacería étnica es por ahora, lamentable. “No hay evidencias”, decía un portavoz del Ejército galo. Igual si los soldados franceses salen a las calles de Sevaré, caminan un poco, escuchan a la gente y abren un poco los ojos, cambian de opinión. Quizás aún se esté a tiempo de parar esto, de impedir que el afán de venganza se lleve a más inocentes por delante. Otra cosa es que esto les interese lo más mínimo. Así es la guerra, piensan muchos.

Esto en Mopti. Pero, ¿y en las zonas de combates?, ¿qué está pasando? La cobertura telefónica está cortada y el Ejército maliense ha tejido una tupida maraña de controles que impiden el acceso a las verdaderas zonas de guerra. Sólo abren las puertas cuando todo está “limpio”, cuando los muertos han sido retirados. Hace ya unos cuantos días que Konna fue liberada, pero no dejan pasar a los periodistas ni a las organizaciones humanitarias. “No hemos hecho prisioneros”, asegura un coronel maliense. ¿A qué les suena? Médicos sin Fronteras lleva una semana intentándolo sin éxito. Los limpiadores se toman su tiempo y no quieren testigos.

Una guerra sin focos (por ahora)

El señor Dena parece muy simpático. Siempre sonríe. Esta mañana lo conocí en persona en su despacho del Ministerio de la Comunicación, en el tercer piso. Había hablado con él por teléfono varias veces y también me pareció simpático. Pero hoy está agobiado. Tapado por una montaña de solicitudes de acreditaciones de prensa que se acumulan en su mesa intenta lidiar con los periodistas de todo el mundo que en pocos días han llegado a Bamako. Todos buscan lo mismo, un permiso para poder subir hacia el norte. Y Dena solo tiene dos manos.

La consigna gubernamental es clara. Sin acreditación de prensa no hay posibilidad de salir siquiera de la capital en dirección a Segou. En el primer control militar de turno, y los hay a decenas, te harían volver para atrás bajo amenaza de ser detenido. Estamos en estado de emergencia desde el viernes. Y las acreditaciones deben ser autorizadas, una a una, por el Ministerio de Defensa. Así que esto lleva su tiempo.

Pero el problema es que Incluso con el dichoso papelito no tienes la seguridad de llegar. Cuatro compañeros están desde el sábado bloqueados en Segou. Y ellos tienen ya la acreditación porque llevan meses en Bamako. Esto sólo significa una cosa: de momento, no quieren testigos ni periodistas pululando por la zona de conflicto. ¿No se preguntan por qué no han visto ni una sola imagen de lo que está pasando en el terreno? ¿Dónde están las víctimas? ¿Los heridos? ¿Los edificios bombardeados? ¿Las tropas en combate?

Las razones pueden ser múltiples y seguramente se puede pensar que se trata de evitar que se produzcan nuevos secuestros o de velar por nuestra seguridad. Pero el resultado es solo uno, se está hurtando la posibilidad de informar y, por tanto, se está atacando a la libertad de prensa y a la verdad. Recuerdo una frase que aprendí en la Facultad (creo que no fue en el bar, pero no estoy seguro) y era que “en las guerras la primera víctima es la verdad”. Y en esta, como en otras, se corre este mismo peligro si no llegan los periodistas pronto al frente.

Y si el problema es nuestra seguridad, sólo añadir que cada uno de los periodistas que está en Malí es totalmente consciente de los riesgos que puede o quiere asumir y cada uno llegará hasta donde le parezca razonable en su afán por informar de la manera más veraz y adecuada. Lo que quiero decir es que somos personas adultas. Lo que quiero decir es que no me gusta que nadie me limite en mi deber de informar. Y que mis riesgos son míos y sólo míos. No sé ustedes cómo lo ven.

Una melancolía que se parece a la sed

Hoy recorrí Nouadhibou con ojos nuevos. Y sus casas y su gente me contaron otra historia. Atravesé, como una flecha, los viejos secaderos de pescado de La Puntilla, donde los hombres venidos de lejos se afanaban, no hace tanto, en su cotidiana lucha por la vida. Allí estaban, derruidos por el viento y la arena y por el olvido de los que vinieron después. Junto al puerto de las cinco mil piraguas, me adentré en las calles del barrio antiguo y creí adivinar, entre las casas apiñadas, los juegos de cien niños con mi propio acento, los coches de verguilla y el olor del pan recién hecho. Y subí hasta la loma donde estaba la tumba del viejo francés, pensando que igual esperaba una visita. Pero ni las piedras quedaban.

Así es Nouadhibou. Tiene mil caras y mil idiomas, pero todas hablan de lo mismo. A primera vista, el cansancio. A casi nadie parece gustarle esta languidez de largas calles, sus repechos de arena, su perenne olor a mar, sus ruinas inmensas. Pero todos prefieren quedarse, como si este fuera el mejor lugar a donde ir, el escondrijo perfecto, el último rincón, la meta del fugado. Quizás sea eso Nouadhibou. Un puerto franco abrazado por el mar y la arena, un sitio seguro a donde no llega ni tu pasado.

Puerto de Nouadhibou

El incansable viajero y aviador Antoine de Saint-Exupery frecuentó la vieja Port-Étienne, así la bautizaron los franceses, cuando era menos que nada, apenas un alto en el camino. Hoy visité una casa abandonada que dicen que era la suya, el lugar donde descansaba en sus continuos viajes de la Aeropostal, esos mágicos vuelos sobre el desierto que hicieron nacer El Principito y su fascinante universo de planetas, baobabs, sombreros y elefantes. Y esta noche, mientras el viento golpea la puerta de la terraza y casi siento el rocío que mañana alfombrará todas las calles, no puedo sino pensar en qué vieron sus ojos y los ojos de los que, años después que él, llegaron hasta este cruce persiguiendo al pulpo y a la corvina y decidieron quedarse, poblando La Charca.

“Situada en el borde de territorios rebeldes, Port-Étienne no es una ciudad. Hay un fortín, un hangar y una barraca de madera para nuestros equipajes. El desierto, alrededor, es tan absoluto que, pese a sus débiles recursos militares, Port-Étienne es casi invencible. Para atacarla hay que franquear tal cinturón de arena y fuego que las incursiones no pueden vencerla sino a golpe de asedio, después de que se agoten sus provisiones de agua. Sin embargo, en la memoria del hombre, hubo siempre desde algún lugar del Norte  un ataque sobre Port-Étienne.  Cada vez que el capitán-gobernador viene a beber con nosotros un vaso de té nos muestra su avance sobre las cartas, como se cuenta la leyenda de una bella princesa. Pero este ataque no llega jamás, ahogado por la arena, como un río, y nosotros lo llamamos el ataque fantasma. Las granadas y los cartuchos que el gobernador nos da cada noche duermen al pie de nuestras camas en sus cajas. Y no tenemos que luchar contra otro enemigo que el silencio, protegidos ante todo por nuestra miseria. Y Lucas, el jefe del Aeropuerto, hace, noche y día, girar el gramófono que, tan lejos de la vida, nos habla un idioma medio perdido y provoca una melancolía sin sentido que se parece curiosamente a la sed”. (1)

(1)    Tierra de hombres, Antoine de Saint-Exupéry.